¿Cuentos de hadas? Sí, por favor.

Lo bueno de los cuentos de hadas es que transmiten valores que no pasan de moda, o que no deberían pasar de moda. Este no es un post que simplifique los cuentos de princesas en un “el príncipe azul la salvó y fueron felices”. Muy al contrario, ese final, es considerado aquí un simple epilogo.

He leído muchos, demasiados para mi gusto, artículos que echan por tierra a Blancanieves, a Cenicienta y a la Bella Durmiente; junto con sus hadas, enanos y otros personajes secundarios (pero imprescindibles). Igualmente he leído noticias sobre editores y escritores que reescriben dichos cuentos en un afán por inculcar “nuevos valores” (esfuerzo, superación, respeto, …) a los niños de hoy, argumentando que los cuentos clásicos transmiten valores obsoletos.

Sin embargo yo he aprendido muchos “valores nuevos” con esos cuentos tradicionales, más bien diría, que esos cuentos han reafirmado en mi esos valores que mis mayores quisieron transmitirme. A saber, generosidad, esfuerzo, bondad (hoy se llama positivismo), sonreir a los malos tiempos, hacer el bien indiscriminadamente, …

Algunos creen haber descubierto (o peor, creen haber inventado) estos valores ahora; les recomiendo que echen un vistazo a las Virtudes Romanas; por poner un ejemplo.

Pues bien yo aprendí, con aquellos cuentos, que hay que mantenerse firmes en dichos valores.

Ya adulta confirmé que no puedo evitar la existencia de personas malas, llámense madrastra, bruja o jefe autoritario e intransigente; pero hay más personas buenas, enanitos, hadas, jefes, amigos, compañeros, …

También descubrí que lo mismo que hay hermanastras malvadas, esbirros de bruja y compañeros trepas (personajes que no podemos evitar), hay quien es generoso y solidario porque sí. Como las hadas que intentan proteger a la Bellas durmiente. Hay quien no se deja corromper, como el cazador a quien la madrastra de Blancanieves ordenó matar a la muchacha, pero que se negó (esto siempre me recuerda a Antigona, otra vez los clásicos).

Y me doy cuenta cada día de que, si miro con atención, la vida está llena de hadas madrinas. Que te dicen “sí que puedes ir al baile”, o a la universidad, o presentarte a ese empleo, o a esa beca, o montar ese negocio, … Puedes porque tienes derecho a ello y porque para lo accesorio yo te ayudo. El hada de Cenicienta le consiguió un vestido y un carruaje; pero fue ella la que se presentó allí, sola y sabiendo que las malas estaban allí. Y , casualmente el príncipe se enamoró de ella, insisto en lo de casualmente, porque el objetivo de Cenicienta (al menos en el cuento que yo recuerdo) era el de ir al baile para divertirse, para no perderse la oportunidad, porque tenia derecho a ir.

Cierto que a Blancanieves y a la Bella Durmiente las salvó el príncipe de turno. Pero no me digas que no hay en tu vida ningún hombre dispuesto a echarte una mano, más en una cuestión de vida o muerte. Sin duda, la vida también está llena de esos hombres.

 

Si a todo esto añadimos que los cuentos de hadas nos permiten creer en la magia, permitiéndonos soñar, imaginar y crear mundos “imposibles”, creo que en los cuentos de hadas sólo hay cosas buenas. Para adultos y para niños de todos los tiempos.

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